
LOS OLVIDADOS
Ocho años después del huracán Irma, familias en Gibara aún viven entre ruinas. Sin apoyo estatal, ancianos y enfermos dependen de vecinos y milagros. Pensiones miserables no alcanzan para reconstruir ni comprar medicinas. Promesas gubernamentales quedaron en propaganda. Techos de guano y paredes de sacos sustituyen hogares destruidos. La miseria persiste, invisibilizada por las cámaras oficiales.
Por Yunia Figueredo
Mariela Guzmán tiene 53 años y recuerda como le rezó a Dios cuando vio el cielo, después que el viento le llevó el techo de su casa, durante el paso del huracán Irma.
«Mi esposo se molestó conmigo. En medio del temporal gritó: “a quien hay que rezarle es a la Revolución, que es la que nos puede salvar”. Yo soy católica de cuna, mi esposo era comunista. El ciclón pasó hace ocho años y él murió el año pasado, sin ver nunca la ayuda».
Entre el 8 y el 10 de septiembre de 2017 Irma azotó Cuba y costó la vida de al menos 10 personas. Los vientos huracanados de hasta 265 kilómetros por hora, así como las potentes lluvias y penetraciones marinas, causaron estragos en 14 de las 16 provincias del país. Según cifras oficiales, fueron evacuadas un millón 738 mil personas, la mayoría en casas de vecinos y familiares y más de 60 000 viviendas, sufrieron daños total o parcialmente, así como otras edificaciones.
Su paso destructivo también se sintió en Velasco, una localidad principalmente rural, de la zona norte del municipio Gibara, uno de los 14 que conforman la provincia de Holguín. Los vecinos aseguran que allí no habían visto nada igual. La lluvia cegaba y el viento arrancaba los techos con mucha facilidad. Ancianos y familias vulnerables cuyas viviendas no eran muy resistentes fueron los principales afectados.
En 2025, Mariela deambula en la noche alumbrada por la luz que se cuela por los huecos del techo, las tablas rotas, y el resplandor del fuego en el fogón. Su vivienda es lo más parecido a un bohío del siglo XIX, tablas de palmas, piso de tierra, un techo de guano en caballete que un vecino le cubrió a retazos con pencas para que no se moje con la lluvia. Ella vive sola en el Barrio Palmarito y recibe una pensión de su esposo fallecido que no le alcanza para comprar un cartón de huevo.
«Tengo la leña dentro de la casa para que no me la roben. Necesito ayuda de Asistencia Social, padezco de diabetes y tiroides y no hay medicinas». Para ella la frase que repite el Gobierno de «la Revolución no dejará a nadie desamparado», es propaganda.
Salvador Valdés Mesa, actual vicepresidente de la República de Cuba, junto a otros funcionarios locales recorrieron zonas afectadas por el huracán en la ciudad de Gibara, en días posteriores a su paso por el país. Sin embargo, no llegaron al interior de los territorios, solo se les vio en la ciudad. Las viviendas en peores situaciones y más proclives a sucumbir a los embates del clima no salieron en la televisión.
Josefina Martínez Fernández vive en el barrio El Jiqui. Su vivienda resistió a duras penas el huracán y está apuntalada. Tiene 81 años y padece una afección pulmonar. Necesita con urgencia Salbutamol, Aspirina y Paracetamol, además de ayuda con las tareas del hogar.
«Cocino en un fogón de leña y aunque a veces mi nuera viene y me ayuda, la mayor parte soy yo la que debe respirar ese humo. La casa se me moja completa. Las paredes la hemos puesto mitad de madera y el resto taponeadas con sacos de yute. Ojalá y algún día de verdad me ayuden».
Josefina Martinez Fernández en su casa en El Jiqui. Foto cortesía de la entrevistada.
También los hermanos Zeida y Edel Velásquez Garcel viven en una casa que fue azotada por Irma en el barrio La Púa. En una cama vieja y forrada con sacos, su hermano Edel yace postrado por una isquemia cerebral que lo dejó semi paralítico y ciego. Los hermanos comparten una chequera de 1500 pesos, que no les alcanza.
«Dependemos de lo poco que traen a la bodega y la caridad de los vecinos, cuando pueden. No hay dinero. Todo es muy caro. Quisiera que algún día nos dé un crédito o un subsidio para comprar unas tejas y arreglar por lo menos el techo. Y que aparezcan las medicinas para mi hermano», pide Zeida.
Edel Velasquez Garcel, damnificado del huracán Irma. Foto cortesía de los entrevistados.
Después del huracán, el 18 de septiembre de 2017, los medios oficiales informaron la forma que se ayudaría a los damnificados.
«Tomando en consideraciones las severas afectaciones causadas por el huracán Irma y a partir de las positivas experiencias de los daños ocasionados por los huracanes Sandy y Matthew, el Gobierno decidido que el Presupuesto del Estado financie el 50 por ciento de los precios de los materiales de la construcción, que se venderán a las personas damnificadas con la destrucción total o parcial de sus viviendas», decía la nota publicada en Cubadebate.
Además, designaba a los Consejos de Defensa de los Municipios para certificar la magnitud de los daños en cada vivienda, y aprobar los recursos a asignar para solucionar las afectaciones producidas. También evaluar los casos de las personas con bajos ingresos, quienes podían aplicar a subsidios, si lo determinaba el Consejo de Defensa del Municipio.
A Alberto Vega Torres, el huracán Irma le llevó la mitad del techo. Lleva ocho años mojándose y rezando porque no llueva. «Tuve que sacar todos los muebles de esa parte de la casa y me reduje al mínimo». Con 73 años y ya retirado, asegura que su pensión que no le alcanza para vivir, y mucho menos para comprar materiales. Lamenta que nunca hayan avaluado los daños en su vivienda en el barrio San Cristóbal.
«Ni dieron créditos, ni donaciones, ni ayuda de ningún tipo. Al principio me desgasté yendo al municipio de Gibara, donde están los encargados de dar respuesta a las inquietudes de la población y siempre era un peloteo. Me cansé de perder el tiempo en reclamar. Conozco vecinos que han ido al Partido y al Gobierno y allí le han prometido, pero no hacen nada. Mi esposa y yo padecemos de una enfermedad de los ojos, para la cual en Cuba no existen medicamentos producto del guano que pusimos como techo. Estamos viviendo como cavernícolas. Peor que los indigentes y esperando un milagro».
También Eugenio González Cruz, de 53 años e hijo de un combatiente del Ejército Rebelde tiene su vivienda semidestruida. Él cuenta que ha cortado mucha caña para este país y tiene más de 200 donaciones voluntarias de sangre, pero parece que a nadie le interesa su historia.
«Todo ese esfuerzo que di por esta Revolución fue en vano, porque ahora el Gobierno me da la espalda. Yo no tengo recursos para arreglar esta casa. Con mi chequera de 2 500 pesos no me alcanza ni para comer, menos para comprar materiales. ¡Imagínate que una bolsa de cemento cuesta 10 000 pesos! ¡Y Una teja de zinc 5 000! ¡Imposible!».
Nersys Sarmiento, vicepresidenta del Consejo de Defensa Municipal y jefa de la Defensa Civil de Gibara en 2017, dijo que unas 43 610 personas —más de la mitad de los residentes del territorio— tuvieron que evacuarse fuera de sus hogares. En la provincia, 11 000 viviendas y 568 centros estatales fueron afectados, según informaron medios locales.
«Aquí, en esta zona de San Cristóbal, somos más de treinta familias con las viviendas destruidas por Irma, que no hemos podido acometer la reconstrucción por nuestra propia cuenta, debido a los bajos salarios que ganamos y al alto costo de los materiales de construcción. El Gobierno hace ocho años prometió ayudarnos, incluso lo dijeron por la televisión, pero no han cumplido. Todo es propaganda», se queja Abelardo, de 71 años, y con una delgadez considerable
Con paso cansado, nos muestra su vivienda, con las paredes de madera, agujereadas y rotas. A través de un espacio abierto donde debía estar el techo, se ve el cielo nublado. Si llueve se moja la casa.
También de San Cristóbal es Mirta Gutiérrez Castillo. Tiene un hijo con discapacidad intelectual. A sus 15 años mira al vacío con los ojos perdidos y una sonrisa permanente. No sabe qué hace ocho años pasó un ciclón y gracias a su madre que lo llevó para una casa más resistente sobrevivieron. Ella con ayuda de familiares y vecinos logró arreglar las paredes y tapar parte del techo, pero desde entonces sufre un calvario, dando carreras y pidiendo ayuda, sin resultados.
«En estos ocho años he ido a todos lados, pero no me resuelven nada. Me dicen que hay que esperar, me dan de largo. Yo solo pido un crédito para unas tejas y clavos. También necesito que me ayuden con el niño, míralo, no tiene conciencia. Tengo que andar con él a todos lados a pesar de su edad».
Mirta Gutierrez Castillo y su hijo. Foto cortesía de la entrevistada.
La UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos, Programa Mundial de Alimentos (PMA), Amigos de Cuba en los Países Bajos, Rusia, Ecuador, Japón, Oxfam y otros organismos internacionales y ONGs enviaron ayudas a Cuba tras el paso del huracán Irma.
En diciembre de 2017, los medios locales hablaban del 45 % de la recuperación del fondo habitacional dañado por Irma en Holguín. Dos meses más tarde, en el contexto de otra visita gubernamental, se mencionó que el Gobierno construía cinco viviendas para entregar a los damnificados de Velasco. Un número inferior a las necesitades reales del territorio.
En el barrio San Mateo una de la más afectada fue la casa de Miriam Marlenis Escalera Figueredo. Su rostro seco y sombrío evidencia el sufrimiento. Aún no tiene techo. Perdió el baño y no ha podido reconstruirlo, hace sus necesidades afuera. Se siente abandonada y enferma. Mientras coloca más leña en el fogón afirma que nunca recibió la visita del Consejo de Defensa para ver su situación.
«Aquí nunca vino nadie a visitarme. Ni a calcular los daños. Si en Santiago de Cuba todavía hay damnificados del ciclón Sandy que pasó en 2012 que no han recibido nada, ¿qué esperanzas tenemos en Velasco que algún día nos llegue la ayuda?».
Mientras para algunos el paso del huracán Irma es un recuerdo borroso, para otras familias en Velasco las promesas del Gobierno de ayudas, créditos, subsidios y entrega de materiales para arreglar las viviendas afectadas resuenan en sus oídos. Un trabajo que debió realizar el Consejo de Defensa del municipio y nunca se hizo.
Viviendas sin techos, sin paredes, tazas de inodoros a la intemperie donde antes existió un baño, gente sin recursos, sin esperanzas, hambre, desolación, es el panorama que ocho años después de Irma uno encuentra en un recorrido por distintas zonas de Velasco. Mariela, Josefina, Zeida, Edel, Alberto, Eugenio, Abelardo, Mirta y Miriam se sienten olvidados y desprotegidos.
Sobre la Autora
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Sobre la Autora 〰️
Yunia Figueredo Cruz
Periodista y bibliotecaria independiente. Graduada en la especialidad Tecnología azucarera, cursó la escuela de periodismo impartido por profesores de la Universidad de la Florida, en la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. Coordinadora Nacional de las Bibliotecas Independientes. Es fundadora y su vivienda es sede del Gremio de Reporteros Independientes.